26 de agosto 2010
La bella fingía dormir, mientras la bestia seguía bailando al ritmo de aquella melódica voz que no se cansaba de escuchar aun en sueños. La risa tímida podía más que la risa forzada de una situación difícil donde el enfrentamiento sólo soportaba miradas desviadas, las palabras eran irrelevantes de lo que pasaba, eran palabras vacías, sin eco, sólo argumentos tal vez válidos, tal vez sólo sentimientos llenos de esperanza y, para cuando dieron las mil horas de la noche, conciliaron el sueño cada uno de su lado de la cama como si fueran dos desconocidos del amor, pero no de la vida.
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